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Areópago

El Areópago (colina de Ares) es una pequeña colina rocosa de 115 metros de altura situada al oeste de la Acrópolis donde se reunía al aire libre el Consejo del Areópago que puede considerarse como el Tribunal de Justicia más antiguo del mundo.
En este lugar predicó el Evangelio el Apóstol San Pablo el año 51 d. C.

Este tribunal controlaba a los magistrados, interpretaba las leyes y juzgaba a los homicidas.
El acusador y el acusado permanecían de pie en una plataforma cortada en la roca.

En la Orestiada se cuenta que en un juicio presidido por Atenea, la diosa de la sabiduría, el Areópago juzgó a Orestes por el asesinato de su madre Clitemnestra y del amante de ésta, Egisto.

En el 950 a. C. la monarquía fue sustituida por el Arcontado. En un principio se nombraron tres arcontes (magistrados con funciones de gobierno) cuyo mandato duraba diez años, el «basileus» o arconte rey y encargado de las funciones religiosas, el «polemarco» que dirigía el ejercito y el «epónimo» con jurisdicción en cuestiones civiles. En el 683 a. C. el mandato de los arcontes se limitó a un año y se aumentó el número de arcontes a diez.

Al acabar su mandato los arcontes ingresaban en el Consejo del Areópago, órgano consultivo del propio Arcontado. Este consejo controlaba a los magistrados, custodiaba la Constitución, interpretaba las leyes y juzgaba a los homicidas. Con las reformas de Solón y la creación del Consejo de los Cuatrocientos (Boulé) el poder del Consejo del Areópago se limitó progresivamente.

Se conservan unos 250 metros de la calle del Areópago, a lo largo de la cual se pueden ver los restos de una fuente romana del siglo II, los cimientos del templete dedicado a Aminéion y los del «Témenos» de Dionisio Lenáios y los restos de una «lesché» (lugar de reuniones).

San Pablo

«San Pablo, de pie en medio del Areópago, dijo:
- Atenienses, por todo lo que estoy viendo, sois gente muy religiosa porque al mirar los lugares donde celebráis vuestros cultos, he encontrado un altar en el que está grabada esta inscripción: «A un Dios desconocido». Pues bien, ese Dios que vosotros adoráis sin conocerlo es el que yo os vengo a anunciar.»

Hechos de los Apóstoles, 17

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